
Si alguna persona comete la osadía, o el descaro de manifestarse alegre en nuestra sociedad recibe una condena inmediata, expresa o latente: ¿de qué se ríe?¿qué le pasa? ¿en qué curro andará?. Si alguien dice sentirse feliz, alegre, contento con su vida y sus realizaciones, es percibido, en muchos ambientes locales como un provocador, un agente extraño que viene a hacer olas en el mar de la pesadumbre generalizada, en el desierto del lamento, en el pantano del aburrimiento militante, en el océano nacional, nada pacífico, del sufrimiento inútil. Nos estamos olvidando de reír, de proyectar buenas ondas, de manifestarnos entusiastas de nuestros sueños o esfuerzos. Por contrario, pereciera ser sumamente distinguido portar cara mufosa, aire de enojo, gesto desganado, palabra hiriente de crítica acompañada de bronca contenida o palpable.
El estilo propio del desaliento, de la depresión, de la incredulidad, es cultivado minuciosamente por los noticiosos implacables que toda la vida planetaria y cósmica en recurrentes infortunios aldeanos. Luego los multimedios extienden su obra nefasta en las conversaciones secas, de rutina, empobrecidas de proyectos, encuentros recurrentes de la figura social del “llorar a dúo”.
Cuando las personas nutren sus mentes repitiendo los comentarios políticos coyunturales, parlamentos carentes de trascendencia, contenidos pobres de imaginación, faltos de esencialidad y consideran que con ello están “pensando” la realidad nacional, no hacen otra cosa que propagar el vacío, el tedio, la mala onda que nos complacemos en sostener como “coro quejoso”, presente en las grandes tragedias.
En cierta oportunidad, fui con un joven paciente, en depresión, a escuchar a un lama tibetano que acababa de llegar a Buenos Aires y daba una charla en el teatro General San Martín. Le dije a mi compañero:
¿Por qué no le preguntás algo?
No se me ocurre nada, me respondió.
Mirá, le sugerí, porqué no le preguntás ¿de qué se ríe el lama?
El muchacho juntó energía y lanzó, con voz firme, el gran interrogante.
“¿de qué se ríe el lama?”
El monje volvió a sonreír, ostensiblemente festivo, inocente, con una beatitud conmovedora y respondió:
Mi superior me eligió para que venga hasta aquí para dar un ciclo de charlas: todo un y una gran responsabilidad. Ello me pone muy contento, dejé el monasterio con la oportunidad de asumir un viaje de descanso, porque hasta de los monasterios es bueno tomarse vacaciones de vez en cuando; tuve entonces una gran alegría. El avión no cayó; el vuelo salió a horario y la comida estaba rica. Conversé todo el viaje con una señora sumamente simpática.
Llegué a Buenos Aires y el clima estaba muy agradable, templado, había dejado el frío del Tibet. Me instalaron en un hotel muy confortable. Todo Salió perfectamente, estaba muy contento.
Ingresé a esta sala y estaba llena de gente, una sorpresa muy grata. El público me ha escuchado con maravillosa aceptación. Esto me dispone a estar muy complacido . Además usted me hace una pregunta muy oportuna e inteligente. Estoy muy, pero muy contento y agradecido: ¿cómo no se va a reír el lama?
Nos retiramos del teatro muy alegres: el lama nos había enseñado a sumar.
(Nota publicada por Enrique Mariscal en una conocida revista.)
El estilo propio del desaliento, de la depresión, de la incredulidad, es cultivado minuciosamente por los noticiosos implacables que toda la vida planetaria y cósmica en recurrentes infortunios aldeanos. Luego los multimedios extienden su obra nefasta en las conversaciones secas, de rutina, empobrecidas de proyectos, encuentros recurrentes de la figura social del “llorar a dúo”.
Cuando las personas nutren sus mentes repitiendo los comentarios políticos coyunturales, parlamentos carentes de trascendencia, contenidos pobres de imaginación, faltos de esencialidad y consideran que con ello están “pensando” la realidad nacional, no hacen otra cosa que propagar el vacío, el tedio, la mala onda que nos complacemos en sostener como “coro quejoso”, presente en las grandes tragedias.
En cierta oportunidad, fui con un joven paciente, en depresión, a escuchar a un lama tibetano que acababa de llegar a Buenos Aires y daba una charla en el teatro General San Martín. Le dije a mi compañero:
¿Por qué no le preguntás algo?
No se me ocurre nada, me respondió.
Mirá, le sugerí, porqué no le preguntás ¿de qué se ríe el lama?
El muchacho juntó energía y lanzó, con voz firme, el gran interrogante.
“¿de qué se ríe el lama?”
El monje volvió a sonreír, ostensiblemente festivo, inocente, con una beatitud conmovedora y respondió:
Mi superior me eligió para que venga hasta aquí para dar un ciclo de charlas: todo un y una gran responsabilidad. Ello me pone muy contento, dejé el monasterio con la oportunidad de asumir un viaje de descanso, porque hasta de los monasterios es bueno tomarse vacaciones de vez en cuando; tuve entonces una gran alegría. El avión no cayó; el vuelo salió a horario y la comida estaba rica. Conversé todo el viaje con una señora sumamente simpática.
Llegué a Buenos Aires y el clima estaba muy agradable, templado, había dejado el frío del Tibet. Me instalaron en un hotel muy confortable. Todo Salió perfectamente, estaba muy contento.
Ingresé a esta sala y estaba llena de gente, una sorpresa muy grata. El público me ha escuchado con maravillosa aceptación. Esto me dispone a estar muy complacido . Además usted me hace una pregunta muy oportuna e inteligente. Estoy muy, pero muy contento y agradecido: ¿cómo no se va a reír el lama?
Nos retiramos del teatro muy alegres: el lama nos había enseñado a sumar.
(Nota publicada por Enrique Mariscal en una conocida revista.)